Me he sentido sola sentada en mi coche en un semáforo, con la radio a todo volumen y las ventanillas bajadas. Lo he sentido en una habitación atestada de gente, rodeada de risas y amigos. Lo he sentido en medio de la noche, también en mis sueños y cuando me despierto de golpe en la oscuridad.
Soledad. Es un sentimiento que nos es familiar a todos.
El sentimiento de soledad se puede convertir en miedo a la soledad. Y el miedo a la soledad puede convertirse en evitar la soledad. Y al final acabás enviando mil textos por día, ahogando tus sentimientos en el alcohol o el videojuego, o saliendo con personas que no conocés, todo como consecuencia de no querer estar solo ni un minuto en este mundo. O quizás hagas lo opuesto: te encerrás en tu habitación e ignorás al mundo por completo para evitar relacionarte con la gente. Una vez que te sentís solo, es prácticamente imposible salir de la soledad, porque estás… solo.
El proverbio dice: «Cada corazón conoce sus propias amarguras, y ningún extraño comparte su alegría». Cada uno de nosotros está fundamentalmente separado de todos los demás seres humanos y, aunque nos podamos entender hasta cierto punto, seguiremos sintiendo esa separación. Nadie realmente entiende cómo es ser vos. Independientemente de cuál sea tu reacción, la soledad puede ser un gran y doloroso problema para todos nosotros.
¿Qué causa la soledad?
¿Alguna vez te preguntaste de qué estamos hechos? La Biblia explica que Dios nos diseñó para estar conectados, en comunidad. A menudo idealizamos las relaciones románticas e incluso las amistades, pensando que si sólo encontrásemos a la persona correcta jamás estaríamos solos. Pero la soledad se puede encontrar incluso en hombres y mujeres felizmente casados.
No sólo fuimos diseñados para estar conectados con otros seres humanos: también fuimos diseñados para estar en comunión con Dios. Ni siquiera la riqueza, los logros y los honores bastan para alejarnos de la soledad.
Salomón fue rey de Israel, y Dios le confirió sabiduría. Literalmente lo tenía todo: montones de oro, un palacio gigante y cientos de esposas y concubinas. Uno pensaría que Salomón era el hombre más contento del mundo. Pero escribió un libro sobre lo inútil que es la vida: «Miré yo luego todas las obras que habían hecho mis manos, y el trabajo que tomé para hacerlas; y he aquí, todo era vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol». Uno puede percibir su soledad y desesperación en esa afirmación.
En comparación, un día, cuando Jesús estaba caminando por una ciudad, se encontró con un hombre leproso. La lepra era diez veces más alarmante que ahora. La gente estaba aterrada de contagiarse. Los leprosos eran marginados y rechazados, a menudo abandonados por amigos y familiares, teniendo que rogar por algo de comer en las esquinas.
Imaginá a este leproso en particular, sentado en el polvo y la suciedad, ignorado por todos los que pasaban. No tenía dinero ni a quién recurrir. Se levantó, se acercó a Jesús, cayó sobre sus rodillas en la calle y le pidió ser limpio. Jesús tocó al leproso —una persona que probablemente no fue tocada por otro ser humano en años— y lo curó. Su vida cobró alegría y sentido, a pesar de que no tenía nada ni a nadie. ¿Qué cambió tanto en la vida de este antiguo marginado? Una breve interacción con Jesús.
No fuimos hechos para estar solos
Fuimos creados para tener una relación con Dios. Es lo único que puede sacarnos de nuestra soledad, porque es el vínculo para el que fuimos diseñados. Esa sola interacción con Jesús trajo significado, bienestar y alegría a la vida de aquel leproso, mientras que todas las joyas, el oro y las mujeres del mundo no le aportaron sentido a la vida de Salomón.
Dicho esto, al entablar una relación con Dios, ¿nos libramos del sentimiento de soledad durante el resto de nuestra vida? No. Dicho en pocas palabras, el sistema está quebrado. Nuestro mundo está dañado. En este mundo no podemos experimentar la vida de la manera que estaba destinada a ser: sin soledad, maldad, tristeza o miedo.
A pesar de que la soledad es parte de la realidad del ser humano, sin una cura inmediata, hay dos cosas que pueden ser de ayuda acá y ahora.
La comunidad: cómo lidiar con la soledad
Dado que fuimos creados para entablar conexiones, una parte importante de lidiar con la soledad consiste en vivir en comunidad. Ningún amigo evitará en el futuro que te sientas solo, pero cuando contás con gente a tu alrededor que se preocupa por vos y por quién sos —no por tu cuerpo, tus habilidades, tu dinero o tu capacidad de consumir alcohol— te puede ayudar a sentir que realmente no estás solo.
De hecho, la ciencia lo avala: cuantos más amigos tenés y más conectado estás, mejor es tu salud.
Defino conexión como la energía que existe entre las personas cuando se sienten vistas, escuchadas y valoradas; cuando pueden dar y recibir sin juicio; y cuando obtienen sustento y fuerza de la relación.
Compartir tu vida con personas que te aman te ayuda a ver más allá de tu propia perspectiva y aporta sentido a tu vida: recuerdos que son de ayuda en los momentos de soledad.
Alguien que entiende tu soledad
A veces es difícil entender cómo creer en un Dios que no se ve puede ayudarte a sentirte menos solo un viernes por la noche. Pero la Biblia dice que Dios nunca abandona a sus hijos y está cerca de todos los que llaman su nombre.
No sólo eso: lo entiende. Cuando Jesús atravesaba las peores horas de su vida y estaba a punto de ser sacrificado, sus amigos lo abandonaron e incluso fingieron que no lo conocían. Jesús sabe lo que es ser un ser humano solitario. La Biblia dice: «El Señor está cerca de los quebrantados de corazón, y salva a los de espíritu abatido».
Si querés seguir con esto
Esta es una de esas preguntas que no entran en ningún programa de materia. Si querés leerla con calma y sin apuro, la escribimos entera en otra página del sitio.
Las citas vienen de: Proverbios 14:10, Eclesiastés 2:11, Salmo 34:18 y Salmo 25:9.





